Lo subterráneo

 

(Segundo lugar en el concurso de cuento y crónica del Metro, 1996)

“¿Qué tal si Dios fuera
alguno de nosotros?”

Graffiti en el metro

Aquí va el tren, tragándose la vía; 207 toneladas de maquinaria naranja, como un gusanote subterráneo. Adentro, Erasto y Serafín Cano ya no saben qué hacer sin lana. Se subieron en Salto del Agua y llevan varias horas recorriendo la línea 8, de un lado al otro, sin un peso. Desde las cinco de la mañana se formaron, con todo y el frío, a esperar la apertura de las taquillas.

       -Compren cuatro abonos mensuales -les ordenó su padre la noche anterior y les dio el dinero casi exacto: 55 pesos, ni más ni más. Estaba viendo la repetición de algún partido de fútbol y tomándose una cerveza. Un hilito del líquido, ya sin espuma, le escurría por el lado derecho de la boca.
De la fila, Erasto es el que más sobresale, tal vez por su metro ochenta y cinco o por su pelo largo dimisulado con una cola de caballo o por sus ojos amarillos, como de gato, carajo, no me veas así, le dice Inés cuando trata de robarle un beso en algún vagón. Juan if god uas uan of os, juat if god uas uan of os... tararea Serafín, medio dormido. Erasto trae una chamarra negra que le va a volar quién sabe a cuál de sus amigos después de alguna borrachera tal vez este fin de semana o el próximo ¿Cómo traes puesta una chamarra que todavía no te has volado? le pregunta su hermano. ¿Y tú cómo estás cantando una canción en inglés si apenas y hablas español? le contesta. Qué tal si Dios fuera uno de nosotros, dice Serafín alzando la voz para que los de la fila lo escuchen. Nadie voltea. Sigue tarareando.

       Ascencio Luna realmente no tiene a dónde ir. Trae, bajo el brazo izquierdo, un suéter azul marino y una bolsa de plástico con su cepillo de dientes, un espejito y algunas herramientas para trabajar la madera; muy pocas. Bajo el brazo derecho tiene el último barco que hizo. Detrás de sus lentes oscuros, lo único que ahora lo separa de la vida “de afuera”, carga una mirada de 14 años. Acaba de salir de Santa Marta Acatitla después de haber pasado 58 años en prisión. Eso dice su expediente; él ya casi no se acuerda.


       Los Cano se mueren de hambre. Serafín está crudo y tiene sed. ¿Cuánto te pagan al día en el despacho de Don Luis? 700 al mes. ¿Cuánto es por día? Yo qué sé. Haz la cuenta. Me da güeva. Andale. No chingues, estoy dormido. ¿Por qué no te quedas aquí y yo voy por unas chelas? ¿A esta hora? ¿Qué tiene? ¿En dónde? Ya veré. ¿Y si no regresas? ¿Cómo crees? Te conozco güey. Ven conmigo. Ni madres, ni lana traemos. ¿Y estos cincuenta y cinco? Son para los abonos. Después los reponemos. Estás pendejo.


       - Ahora ya tengo 72 años pero estoy solo -le dice al policía de la esquina al preguntarle cómo llegar a la Colonia Obrera. La única vez que vio la calle, desde su encierro, fue cuando lo trasladaron de Lecumberri a Santa Marta. El uniformado, indiferente, le señala la estación de metro más cercana.

       - Estudié hasta el tercer año de primaria pero en el interior del penal llegué hasta cuarto -le explica orguloso a la vendedora del diario Ovaciones que descansa, junto a ese poste amarillo, cuando le toca el verde al semáforo.

       - Fui acusado de varios homicidios y violación equi... péreme tantito -dice y saca una hoja rosa, muy doblada, muy usada, muy manoseada- ¿qué dice aquí?, señala con su dedo calloso.

       - E-qui-pa-ra-da -responde la periodiquera sin prestarle mucha atención pues ya el dueño del golf gris le está haciendo señas con la mano.


       El puesto de tacos, de lámina y sin más letreros que una lista de precios, está abierto desde un poco antes de las seis de la mañana. No hay chelas. No importa. Si te la ligas chance y nos quiera vender una tempranera. ¿Una qué? Pues una chela (risas pero ella no voltea) ¿Cuántos de picadillo y cuántos de chicharrón? Dos y Dos. ¿Y los jugos? ¿Segura no hay chelas? Segura. De zanahoria. ¿Qué? Pues los jugos. ¿Dos? De una vez también ve haciendo un choco milk. ¿Caliente? A güevo. No digas esas palabras frente a la señorita (risa coqueta).

       Los tacos, con tortillas recién hechas, humean un poco. La salsa verde del chicharrón gotea sobre los platos de plástico: naranja el de Erasto, amarillo el de Serafín. El choco milk está tibio. Piden dos más de huevo con salchica. Luego, un café y una concha.

       - ¿Tu papá es futbolista? ¿Mande? Lo digo por el trofeo y la foto. El marido de mi mamá jugó en el Cruz Azul pero hace ya un buen. Ah. ¿Más tacos? No, la cuenta (saca un papelito sucio de grasa. El lápiz apenas deja marca). Son cuarenta y cinco. ¿Cuarenta y cinco qué? Pesos, ni modo que dólares. ¿Estás loca? Hagan la cuenta: dos cincuenta de cada taco, por doce da a ... (chupa la punta del lápiz) treinta, más dos jugos de tres pesos cada uno, treinta y seis, más un choco milk de a cuatro... Ahí dice tres (señalando un letrero colgante). Eso frío, pero caliente hay que cobrar lo del gas. Cuatro, decía, más lo del café y el pan, exactamente, mmm, cuarenta y cinco pesos. Carajo. Fue tu idea. No hay pedo.


       - En 1951 me mandaron a las Islas Marías pero me regresé a los dos años a Lecumberri porque mi mamá me buscaba mucho. Le va a dar un gusto verme -le dice ahora a la cajera del metro. Parece que no se da cuenta que ya tiene setenta y dos años. Las canas y las arrugas lo delatan. ¿No se verá en su espejito de vez en vez?


       - Son dos pesos -es la única respuesta. Asencio saca unos billetes nuevecitos de la bolsa de su pantalón. Su pago por el barco que vendió antier todavía desde las rejas.

       - Yo, la verdad, es que no creía que estuviera muerto. Sólo parecía lesionado. Me encamó por seis meses de la golpiza. Lo menos que se merecía era eso, la puñalada que le aventé y también le pegué en los riñones -le cuenta, sin voltear a verlo, al señor junto con el que espera que llegue el metro. Nunca antes había visto al metro. Con su mirada de adolescente, ésa que le quedó de antes que lo entambaran, ve llegar la mole naranja. 72 llantas que frenan al mismo tiempo como queriendo confesar a las vías. El ruido asusta a Asencio Luna. Se hace para atrás y no se atreve a subir. La gente lo empuja.


       Es la sexta vez que pasan por la estación Chabacano. Afuera empieza una ligera llovizna. En el subterráneo nadie se da cuenta. Erasto y Serafín Cano siguen sentados. No se hablan. No leen el periódico. Observan. Sin decirse nada ya saben qué hacer. No tienen lana (cinco pesos de cambio menos dos para entrar al metro menos otros dos para unos chicles). No traen los abonos. De hecho se agotaron desde las diez de la mañana. De nada les serviría ya conseguir el dinero. Pero la señora de enfrente trae dos. Aunque sea dos abonos. Los ha sacado varias veces del monedero gris que guarda en la bolsa de su delantal rosa a cuadros. Es cocinera de alguna fonda. Pronto el delantal tendrá manchas de mole, de salsa roja, tal vez de frijoles refritos muy oscuros. Los abonos son para el hijo y su nuera: el transporte de un mes, asegurado. Ella casi no viaja en metro. La fonda queda, seguramente, muy cerca de su casa. En el garage de una vecina. Quién sabe.


       - Cuando mi mamá me falló me sentí muy mal. Ya no me visitaba y mis hermanos me tienen desconfianza porque he estado en la cárcel -comenta y esta vez la muchacha que va a su lado en el vagón, que está justo detrás de la cabina del conductor, sí lo voltea a ver. Mira sus zapatos negros, grandes, como botitas que le aprietan el tobillo. Sus lentes oscuros. Su edad. Sus manos con rastros de madera, de barcos de vela, de cárcel, de encierro y prefiere regresar a su lectura, pero Asencio Luna sigue contando:

       - Ahora la gente de reincorporación social me ayudó para ir a este asilo -vuelve a sacar su papelito rosa. La joven mujer trata de levantarse. Ésa es su estación. O tal vez se va a cambiar de vagón para no ver al viejo que habla como niño, que piensa como niño, que abraza su barco de madera balsa como si alguien se lo pudiera robar o maltratar. Asencio la jala del brazo con fuerza. La obliga a sentarse de nuevo. Quiere seguir contando: sus familiares están enojados porque se portó mal, su venganza, la sangre que sintió y soñó tantas noches en la cárcel, la violación equiparada, otro homicidio más.


       Suena la alarma. El conductor utiliza el dispositivo KNR; el freno de emergencia, una llanta que impide que las demás se patinen. La mujer del delantal a cuadros sigue gritando, Alguien le arrancó su monedero. Todo el dinero, su credencial de elector, pero sobretodo, los abonos de su hijo.

       - Fue el viejo -grita la muchacha señalándolo. Estuvo en la cárcel. Es un asesino.

       - Es cierto -secundan al mismo tiempo Erasto y Serafín -nosotros lo vimos. Fue el viejo. Gritan todos: fue el viejo. Fue el viejo. Es el viejo.

       Ascencio Luna, de 14 años de edad en la mirada, no sabe que hablan de él pero abraza su barco con fuerza, con mucha fuerza. Nada más le aventé una puñalada y le pegué en los riñones, piensa muy quedo cuando se lo llevan.

       - ¿Qué tal si Dios fuera él? -pregunta Serafín viendo, a lo lejos, la espalda de Asencio Luna entre dos policías. Queda el barco, sobre el andén, en el subterráneo.

                                                                                                                                                    

La hora sin diosas

 

Lectura dramatizada de Ana Colchero para la presentación de la novela en el Museo Tamayo el 5 de noviembre del 2003.


Se apagan las luces, excepto las del escenario. Ana sale al escenario, la luz del seguidor la ilumina. Se sienta ante un pequeño escritorio, toma una hoja de papel y la introduce en una vieja máquina de escribir, Remington. Enciende un cigarrillo y le da un trago a su bebida. Comienza a teclear y después simplemente habla, como si estuviera dictando la carta. Actúa libremente en el escritorio, en el escenario.

Gotinga, Alemania, 1936

Queridísimo Daniel:

       El invierno me está lastimando por primera vez. Es terrible seguir siendo joven en un cuerpo avejentado y enfermo. Mi mente está en perfecto estado o, por lo menos, eso quiero creer. Por eso aprovecho para repasar mi paso por este mundo ¿Viví como me lo propuse: leyendo, estudiando, pensando, satisfaciendo mi ardiente deseo de conocimiento y libertad?.

       Luché por lograr la independencia, pelée para trascender los convencionalismos y traté de no ser fiel más que a mí misma. Reconozco que fui afortunada: grandes hombres cruzaron mi camino pero nunca permití ser poseída por ninguno que amenazara mis proyectos. Friedrich Nietzsche, por ejemplo, reconoció mi inteligencia y soñó con que yo fuera la heredera de su obra. Con él compartí la amistad de Paul Ree y una obsesión que marcó mi vida: la ausencia de Dios. Tambien es justo reconocer que fui la musa de su mejor libro: Así habló Zaratustra.

       De joven –lo recuerdo bien-, pensaba que la virginidad podía conducir a las mujeres a la productividad y al heroísmo. Con el tiempo, concluí que era más seductor comportarse con un perfecto impudor frente a la sabiduría. Recibir semen es delicia y sentimiento oceánico. Además, la ausencia de Dios me hizo encontrarlo en la sexualidad. A través del psicoanálisis, aún antes de ser alumna de Freud, llegué a la conclusión de que Dios es una proyección erótica. Sexo, oración y creación artística están indisolublemente unidos.

       Padre nuestro…que estás en mi cama, santificado sea tu miembro, hágase mi voluntad en la alcoba como en las sábanas. Déjame caer en la tentación…

       Eso sí, siempre rechacé la culpa ya que paraliza, aniquila. No he sido responsable más que de mi vida: ni siquiera el destino de Carl Andreas, mi esposo, estuvo entre mis manos. Resulta irónico pensar que jamás tuve relaciones carnales con el único hombre al que me uní por la vida legal. En cambio, coleccioné varios amantes: el amor, entre más incluyente, mayores posibilidades nos otorga de encontrarnos a nosotros mismos. La fidelidad es una quimera: el amor correspondido muere de saciedad.

       Enamorada, realmente enamorada, sólo estuve una vez. Rainer Maria Rilke fue un amante vehemente y exaltado, que se alimentó de mi vitalidad. Un gran poeta que me dio la oportunidad de contemplar a través de sus ojos y de comprobar que el amor es la fuerza renovadora de la vida. Ahora sigo amando, pero de una manera más tranquila.

Muchos de mis amigos han emigrado y tratan de convencerme de que me vaya. Pero dígame, Daniel, ¿a dónde iría? ¿Cree que el amenazante comportamiento de los nazis me obligará a dejar la casa, mi jardín, el paisaje, mis montañas de Heinberg? Nunca he huido y no voy a hacerlo en mi vejez. Definitivamente hay que endurecerse frente a todo aquello que pueda impedirnos gozar de la vida en forma productiva.

       Y usted, ¿también ha envejecido o hizo un pacto con Satanás? ¿Inés sigue a su lado, siempre fiel? Cuénteme todo de su vida cotidiana en México. Ahora sí estoy convencida de que jamás conoceré ese país de los sueños ni probaré los platillos de los que tanto ha presumido. Ya será en nuestra próxima vida: créame que volveremos a encontrarnos y seremos depositarios del eterno retorno.

Cariñosamente,
Lou



Silencio. Se apaga el seguidor, Ana sale de escena y comienza la conversación entre la autora, Rafael Pérez Gay y Román Revueltas. Beatriz introduce nuevamente a Ana pero es Román quien, al levantarse a tocar el violín, atrae a Alma Mahler al escenario. Baja la música de violín y comienza Ana:

Viena, 1924

Daniel:

       Extraordinariamente todavía gusto y sería capaz de seducir. Pero tengo horror del pecado. Jamás consentiría traicionar a Werfel, a mi querido Franzl.

       Después de haber escrito Verdi, una gran novela, está totalmente comprometido con su nuevo y poderoso drama: Juárez y Maximiliano. No quería dejar de contarte pues tú, como mexicano, sabrás mejor que yo lo que está encerrado detrás de esos nombres. Noche tras noche redacta y camina por su estudio hasta el amanecer. Este trabajo nocturno me inquieta pues se mantiene despierto gracias al café y al cigarro. Espero que el precio a pagar no sea muy caro… Con la edad, me he dado cuenta de que uno es el único culpable de lo que nos pasa. En el fondo estamos solos y caminamos solos. Por eso hay que vivir lo mejor posible.

       Debo confesarte que la vida con Franzl me limita ¿Por qué los hombres siempre me limitan? Tengo sentimientos encontrados: quisiera quedarme e irme al mismo tiempo. La experiencia me ha enseñado que el rol del hombre es estar en el mundo y encontrar el reposo en su casa. Ahí debe estar la mujer, esperándolo. Eso no es para mí. De cualquier manera, la mujer de un gran artista siempre será insuficiente. No he vivido más que en mis hombres, por y para ellos: Gustav Klimt, Gustav Mahler, Oscar Kokoshka, Walter Gropius… tú. ¿Cómo he podido equivocarme, olvidarme a mí misma?

       Mi vida va hacia su final y sólo he visto una ínfima parte del mundo pero, por el contrario, creo que ya he devorado suficientes humanos.

       Últimamente pienso mucho en la muerte. ¿Tú no? He llegado a la conclusión de que la tierra tiene una belleza insondable… o la tendría si no hubiera tormentas. Me intereso cada vez menos en las cosas efímeras, nada más queda el espíritu creador y la certeza de que un ser humano puede cambiar la orientación de su destino si pone suficiente atención. Está previsto por una voz interior, pero necesita querer escucharla. Cada ser humano puede hacerlo todo, pero también debe estar preparado para todo…

Un dulce beso,
Alma



California, Estados Unidos, 1945

Daniel:

       Una vez más recurro a las letras para tratar de curarme ¡Qué bien me han hecho estos años de correspondencia contigo! Has sido mi refugio.

       Ahora una nueva tragedia, la más grande, me aqueja. La más inconmesurable pena me ha golpeado: mi querido Franzl, mi milagroso milagro, murió sobre su escritorio mientras corregía el último borrador de su novela en curso. Ese ser único, mi delicioso marido-hijo, me ha abandonado para siempre. So corazón dejó de funcionar y, con él, se ha llevado el mío. Soy una mujer descorazonada. Tengo frío.

       “Regresar a su café interior”, dijo una vez Werfel, y ya ha regresado. Sus amigos reclamaron mi ausencia en el funeral pero no saben que nunca he asistido a los entierros: no fui al de Mahler, no fui al de ninguno de mis hijos muertos.

       Me he quedado sola en este mundo. Sola con mis libros y otros tesoros que he cargado toda mi vida: el cofre con las partituras de Mahler, las pinturas de Klimt y Kokoshka, sobre todo los abanicos que me regalaba en cada cumpleaños, los primeros planos de Gropius, todas las novelas de Werfel, manuscritos y cartas. Ésos son mis únicos lujos. Ahora no tengo otro deber más que morir la vida mientras espero que pronto pueda vivir mi muerte.

Román se vuelve a levantar para tocar el violín y sirve de transición para que Ana, con el seguidor iluminándola, camine al otro lado del escenario, hacia el escritorio, la máquina de escribir y los libros. Ahí, se transforma en Hannah al ponerse, con delicadeza, un sombrero de época, un típico sombrero de Hannah. La música baja y entra Ana:

París, 1940

Daniel querido:

       Gracias por la preocupación que muestras por mí en tus cartas. No respondo con la premura que quisiera pues mis días son más complicados de lo que te imaginas. La vida en el exilio es difícil pero mi adorado marido es un buen compañero y me ayuda a no pensar en nuestra patria, Alemania. Soy feliz a su lado, es mi igual, mi socio, mi amigo solidario. Gracias a él recuperé la confianza en el amor; yo, quien me había prometido, cuando dejé Marburgo y abandoné a Heidegger, que nunca volvería a amar.

       Al lado de mi esposo he aprendido también a pensar políticamente y a tener una mirada de historiadora. A diarios sostenemos intensas y prolíficas conversaciones. Por él, he sabido crear un territorio eterno pues llena mis pérdidas. También tiene sed por la sabiduría. “Comprender” y “pensar” son las palabras que nos motivan. Por ejemplo, continuamente nos preguntamos: ¿Qué es lo que lleva a algunos hombres a realizarse y a otros a dejar de cumplir sus propias posibilidades?

       Al escribir esto me doy cuenta de que mis dos amores han pasado primero por mi intelecto y después por mi emoción. Con Martin ha sido el erotismo en íntima convivencia con las ideas. El sexo, así, animal, poco ha importado en ambos casos. El placer va directo a mi cerebro y después se desliza por el resto de mi cuerpo.

En fin, no hay tiempo para más letras. Heinrich me espera, sombrero en mano, para un paseo vespertino por el parque de Buttes Chaumont. ¿Lo conoces? Probablemente es el más encantador de los que ofrece París en estos días.

Beso tu tierno recuerdo,
Hannah

Catskills, 1963


Mi querido Daniel:
       Respondo a tu carta desde la tranquilidad de un chalet de campo que Heinrich y yo rentamos para pasar el verano. Por la mañanas me siento ante la máquina de escribir y, en las tardes, alcanzo a mi marido y a otros amigos para nadar, jugar ajedrez, cenar o salir a bailar.

       Antes que nada, respondo tus preguntas en relación a Heidegger. Sí, nos seguimos escribiendo; después de todo, filosóficamente le he sido fiel pues mis palabras son trazos de mi amor por él. Estoy convencida de que la verdadera infidelidad, el único pecado, es el olvido. Me preguntas qué puede haber entre un hombre dieciseis años mayor que yo, casado y antigüo partidario de los nazis, y una mujer judía que siempre ha vivido para rechazar los totalitarismos. Te contesto: un profundo amor, agradecimiento y el perdón.

       En fin, hay tanto que no te he contado. Supongo que te habrás enterado del escándalo suscitado por mi artículo sobre Eichmann, publicado en el New Yorker. La situación fue y sigue siendo un horror. Me acusaron de no tener alma ni sentimiento alguno frente al destino de mi pueblo. De ser antisemita, antisionista y todo por afirmar que el mal jamás es radical, que Eichmann era un hombre incapaz de pensar y que, a pesar de haber matado a diez millones de personas, no dejaba de ser un payaso, un hombre manipulado, con mentalidad de burócrata. Para Eichmann, el éxito alcanzado por Hitler, quien de ser un simple cabo llegó a ser el Führer, era razón suficiente para obedecerlo. No he dejado de ser criticada.

       En cuanto a mi vida cotidiana en Estados Unidos, voy de una conferencia a la otra, de una universidad a la siguiente. Poco a poco he llegado a sentirme como en mi casa porque la esencia de este país es la inmigración. En América no es necesario asimilarse. Lo que odio de esta sociedad es el conformismo y la falta de espiritualidad. Aquí todo gira en torno al éxito y a la eficacia. Según lo que me cuentas, podría afirmar que en México es todo lo contrario, ¿no?, mucha espiritualidad y nada de eficiencia.

       Y tú, mi querido Daniel, ¿cómo has estado? Escríbeme, cuéntame sobre ti y ya no te quejes de tu vejez: recuerda que la sabiduría es una virtud de la edad adulta y no le llega más que a aquellos que, durante su juventud, no fueron sabios ni prudentes. La sabiduría la adquieren los que supieron perdonar pues el perdón es el remedio contra lo irremediable. Ahora bien, la solución contra lo imprevisible es hacer promesas y cumplirlas. Entonces, cumple esta promesa: no te permitas pasar, nunca, una hora sin diosas.

Se apaga la luz del seguidor. Román vuelve a tocar el violín, finaliza la pieza que comenzó desde el principio. Fin de la obra.

 

Música: Federico Nietzsche-Gebet an das Leben-Oración a la vida*/UNAM

* A decir de la investigadora Paulina Rivero Weber, Nietzsche encontró en el poema de Lou Andreas Salomé la expresión de su propia actitud de vida y lo musicalizó.